"La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo", Esa mañana Luci había dormido menos de cuatro horas. Le tocó trabajar de noche en el local de comidas rápidas, se levantó a las 6 para llevar a su hija hasta el jardín maternal y a las ocho, ya estaba parada frente a la puerta del geriátrico, con el uniforme de mesera todavía guardado en el bolso y los ojos ardiéndole de sueño, mientras en su cabeza la cuentas sin pagar llenaban su mente de ansiedad: el alquiler, el jardín, los materiales y las fotocopias, y lo poco que iba a quedar para comer, una cuenta que casi nunca terminaba de cerrar por completo. Era su primer día de práctica, y debería haber sentido algo parecido al entusiasmo que le había confesado al profesor semanas atrás, en aquella charla de café, pero lo único que sentía en ese momento se parecía mucho más a un cuadro de agotamiento extremo. Se presentó en recepción y, mientras esperaba a que alguien viniera a orientarla, salió al patio a buscar un poco de aire fresco de esa mañana de primavera que todavía no le había tocado el cuerpo. Ahí lo vio por primera vez: un anciano, un "viejo" sentado solo en el banco de madera, con las manos apoyadas sobre un bastón y la mirada perdida entre las plantas recién florecidas, sin nadie más a su lado. Luci se sentó en el otro extremo del banco, más por cansancio que por ganas de conversar, y él la miró de reojo con una atención que no parecía casual. —Hoy es un día raro para empezar algo —le dijo, sin ningún preámbulo, como si retomara una charla que ya venían teniendo—. Es el Día del Estudiante y el Día de la Primavera, los dos juntos, el día en que se supone que a uno le florece algo por dentro. Luci llena de timidez, sonrió apenas, sin muchas fuerzas para más. —Hoy no me siento muy florecida que digamos lo dijo bostesando. —¿Primer día? —preguntó él, aunque por la forma en que la miraba parecía que ya conocía la respuesta de antemano. —Primer día de práctica, de Terapia Ocupacional. El anciano asintió despacio, con la clase de gesto de quien reconoce algo que le toca de cerca, y agregó, casi para sí mismo, sin dejar de mirar las plantas recién florecidas: Así son todos los cuatrimestres acá adentro: llega un grupo nuevo, uno se encariña sin darse cuenta, prometen que van a volver aunque la práctica termine y, con el tiempo, van desapareciendo. Uno ya está acostumbrado a acumular esa clase de pérdidas. Una mancha más al tigre, como dicen...nadie se da cuenta. Se quedaron un rato en silencio, hasta que él, sin dejar de mirar las plantas, le hizo una pregunta que la tomó completamente desprevenida. —¿Por qué estudias? —le preguntó. Luci levantó la mirada. La pregunta había llegado de golpe, sin ninguna introducción, como si aquel hombre hubiera estado esperando el momento exacto para hacerla. Antes de que ella pudiera responder, él continuó: —Hay tres razones posibles. Y me gustaría saber cuál es la tuya. Hizo una breve pausa. —Se estudia para saber. Se estudia para aprobar. Y se estudia para servir mejor a las personas. Las tres razones son válidas, cada una a su manera. El problema es que no todas alcanzan para sostenerte durante quince años de carrera, sobre todo el día en que estés cansada, tengas ganas de abandonar y no encuentres ninguna razón para continuar. Luci lo miró en silencio. Le resultaba extraño que un desconocido le hiciera una pregunta tan grande a las ocho y media de la mañana. Tenía apenas cuatro horas de sueño, el cuerpo todavía pesado por el turno de trabajo y la cabeza ocupada por la cuenta del alquiler que debía pagar esa semana. No estaba preparada para hablar de grandes razones. Ni de vocación. Ni del futuro. —Sinceramente... —dijo después de unos segundos—. Hoy estudio para aprobar, para llegar al final del cuatrimestre, para terminar las materias. Ya casi ni recuerdo por qué empecé la carrera... El anciano sonrió apenas, no parecía decepcionado. —Es una respuesta honesta —dijo—. Y te la agradezco, no todos se atreven a decir la verdad tan temprano. Luci sonrió por compromiso, pero él continuó hablando. —Te contaré algo que aprendí con los años. Aprobar te alcanza para llegar al final de un cuatrimestre. Saber te lleva un poco más lejos; quizás hasta el final de una carrera. Pero tener una actitud de servicio puede sostenerte durante toda la vida. Luci frunció ligeramente el ceño. —¿Servicio? —Sí. Entender que lo que estás aprendiendo no termina en ti. El hombre señaló con un gesto los apuntes que ella llevaba bajo el brazo. —Ahora parece que todo esto es para ti. Para conseguir un título, para tener un trabajo, para ganar un poco más de dinero, para poder independizarte. Y está bien...No hay nada malo en eso. Todos necesitamos construir nuestra propia vida. Hizo una pausa. —Pero algún día descubrirás que el conocimiento que adquiriste durante estos años también pertenece, de alguna manera, a los demás. Luci no respondió. —Porque saber es poder —continuó él—. No ese poder del que hablan quienes quieren mandar sobre los demás. Otro tipo de poder, el poder de hacer algo cuando alguien más ya no puede hacerlo por sí mismo. Su voz había cambiado. Ya no hablaba como quien intenta convencer a una estudiante. Hablaba como alguien que recordaba personas concretas. —Cada cosa que aprendas de verdad puede terminar convertida en algo muy sencillo. En una mano que sostiene a una persona cuando intenta levantarse de una silla. En una adaptación que le permite volver a hacer algo que creía perdido. En una palabra dicha a tiempo. En la paciencia necesaria para esperar a alguien que tarda mucho... —Usted habla como si supiera mucho de esto —le dijo. —Sé lo que se siente estar del otro lado, porque yo nunca pude estudiar una carrera —contestó él, bajando un poco la voz—. Mi familia necesitaba que trabajara desde chico, y no hubo forma de que las cuentas cerraran para otra cosa que no fuera sobrevivir, aunque siempre le agradezco a Dios por lo que sí tuve, que no fue poco. Toda mi vida admiré, casi con una "envidia sana", a la gente que lograba sostener el estudio y el sacrificio al mismo tiempo, y por eso, cuando veo entrar a una estudiante con la cara que traes hoy, con esas ojeras que delatan que vienes de otro trabajo antes que de tu propia cama, no veo cansancio: veo a alguien que está haciendo, todos los días, exactamente lo que a mí nunca me dejaron hacer. Luci lo miró de otra manera, sin saber muy bien qué contestar a algo tan grande. —A veces siento que no voy a llegar, entre los dos trabajos, mi hija y la facultad, hay noches en las que ni siquiera puedo abrir un apunte antes de quedarme dormida. —Y sin embargo estás acá, sentada en este banco, a las ocho y media de la mañana de tu primer día, y eso ya es una respuesta más grande que cualquier examen que vayas a rendir en toda tu carrera —le dijo él—. Tu hija todavía no lo entiende, porque es chica, pero el día que te vea recibida va a entender algo que ningún cuento antes de dormir le puede enseñar: que los sueños se sostienen incluso en las condiciones más difíciles, si una decide no soltarlos por más que todo alrededor empuje para que los sueltes. Ese día, tú no vas a ser solamente una terapeuta ocupacional, vas a ser la prueba viva, para ella, de que se puede, serás un verdadero ejemplo, de mujer, de persona. Luci, conmovida y con ganas de devolverle algo de esa calidez que él le acababa de regalar sin conocerla de nada, se puso de pie y le dijo, casi sin pensarlo, con una sonrisa amplia: —¡Feliz Día de la Primavera! Algo cambió enseguida en la cara del anciano: bajó la mirada hacia sus propias manos apoyadas en el bastón, y sus ojos, que hasta hacía un segundo habían estado firmes y tranquilos, se le llenaron de lágrimas sin previo aviso. Luci sintió que el estómago se le apretaba de golpe, entendiendo, sin que nadie tuviera que explicárselo, que acababa de meter la pata en algo que todavía no conocía. —Perdón, yo no quise... —empezó a decir, pero él negó con la cabeza suavemente, pidiéndole sin palabras que no siguiera disculpándose. —No tienes nada que perdonar —le dijo, con la voz un poco quebrada—. Es solo que todos los 21 de septiembre, desde hace ya varios años, este día me trae siempre el mismo recuerdo: le regalaba flores a mi esposa cada primavera, desde que éramos novios, un ramo distinto cada vez, nunca el mismo. Ella falleció hace tiempo, y esta fecha, que para el resto del mundo es motivo de fiesta, para mí siempre va a ser también el día en que más la extraño. A Luci se le agolparon las palabras en la garganta, con unas ganas urgentes de decir algo que arreglara ese momento, que lo hiciera sentir mejor, que llenara ese silencio tan incómodo que se había abierto de repente entre los dos, pero justo ahí, en medio de esa urgencia, le vinieron a la cabeza las palabras del profesor de aquella tarde en la biblioteca, aquello de que no todo silencio hay que salir corriendo a llenarlo, que a veces acompañar de verdad es simplemente quedarse, y se acordó también de lo que le había explicado sobre las neuronas espejo, la idea de que ese nudo que sentía en el pecho viendo llorar a un desconocido no era casualidad, sino su propio cuerpo reconociendo, aunque fuera la primera vez que lo sentía con él, una pérdida que de alguna manera también le resultaba propia. En vez de decir cualquier cosa para tapar ese silencio, se volvió a sentar a su lado, sin agregar una palabra más, dejando que el momento fuera lo que tenía que ser, le tomó la mano. Él le agradeció con un gesto apenas, un pequeño movimiento de cabeza, y después de un rato de silencio compartido se secó los ojos con un pañuelo que le había dado Luci y hasta consiguió esbozar una sonrisa pequeña, la primera desde que había empezado a llorar. —Gracias por quedarte callada —le dijo—. La mayoría de la gente, apenas me ve así, sale corriendo a decirme algo para consolarme, y sin darse cuenta termina apurándome a que deje de sentir lo que estoy sintiendo. Tú te quedaste, y eso, para alguien como yo, vale mucho más que cualquier palabra que hubieras podido encontrar. Algún día, cuando ya me conozcas un poco más, te voy a contar de dónde saqué las fuerzas para seguir adelante, pero hoy no es ese día. La Terapeuta de la institución se asomó a la puerta del patio y llamó a Luci por su nombre, indicándole que ya podían empezar la orientación. Ella se levantó, todavía con las palabras del anciano resonándole por dentro, y antes de irse le preguntó lo único que en ese momento le pareció importante saber. —¿Cómo se llama usted? Él sonrió, esta vez con más ganas. —Me llamo José, ve tranquila. Y cuando sientas que ya no te alcanzan las fuerzas para seguir estudiando, recuerda esto: no estudias solamente para saber, ni para aprobar. Estudias para poder servirnos mejor. Para ser, cuando haga falta, la voz de quienes ya no encontramos las palabras; para escuchar nuestras historias, comprenderlas y ayudarnos a seguir formando parte del mundo. Porque quizá eso sea lo más valioso que puedas ofrecernos, tu vocación de servicio, que no solamente lo que aprendes en los libros, sino también en lo que seas capaz de hacer con ese conocimiento cuando estés frente a una persona. Luci entró al geriátrico esa mañana con el mismo cansancio con el que había salido de su casa. Sin embargo, algo había cambiado. No era que estuviera menos cansada ni que los problemas hubieran desaparecido. Era algo más pequeño y, al mismo tiempo, más profundo: llevaba consigo una certeza. Por primera vez en mucho tiempo, supo con claridad para qué estaba estudiando. Todavía no podía ponerlo en palabras, tampoco sabía cuánto iba a cambiar su manera de mirar a las personas después de aquella conversación. Pero mientras atravesaba el pasillo del geriátrico, sintió que las palabras de José caminaban con ella. Actividad de aplicación:Ejercicio — La TO que quiero ser: Antes de sentarte a estudiar, tómate un momento para visualizar y responder por escrito esta pregunta: ¿en qué tipo de terapeuta ocupacional quiero convertirme? Y, a partir de esa imagen, otra pregunta todavía más importante: ¿cómo estudiaría hoy la TO que quiero llegar a ser?
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"Dentro de cinco años serás la misma persona que eres hoy, excepto por dos cosas: la gente con la que te juntes y los libros que leas." Luci llegó a la oficina del profesor con una carilla en blanco y una excusa preparada, aunque él no le había pedido ninguna de las dos cosas. Se sentó frente al escritorio, rodeada otra vez de esa biblioteca de lomos gastados que la semana anterior había mirado de reojo, y fue directo al grano antes de que él le preguntara. —Sigo sin leer nada, profe. Y no es porque no quiera, es que de verdad no me entra en el día. Entre mi hija, el trabajo y la facultad, cuando llego a mi casa lo único que me queda son ganas de dormir. El profesor no pareció sorprendido; más bien parecía haber estado esperando exactamente esa respuesta. —Te entiendo perfectamente, y por eso no te voy a pedir que leas una hora por día, porque sé que hoy eso te resulta imposible y te vas a frustrar al segundo día de intentarlo. Te voy a pedir algo mucho más ridículo: una carilla. Una sola página, todos los días, sin excepción. —¿Una página va a cambiar algo? —Una página, por sí sola, casi nada. Pero una página todos los días, durante un año, son varios libros completos, y sobre todo es un hábito instalado que ya no vas a tener que forzar. La meta no es leer mucho de una sola vez: es que leer se vuelva algo que haces sin pensarlo, como lavarte los dientes. Y para instalar un hábito así, la meta tiene que ser tan chica que te dé vergüenza no cumplirla. Luci sonrió, un poco incrédula. —Suena demasiado fácil. —Esa es justamente la trampa que te tiende tu propia cabeza. Cuando te propones algo grande, como leer una hora diaria, la resistencia que sientes es enorme, y esa resistencia gana casi siempre. En cambio, cuando te propones algo ridículamente alcanzable, como una carilla, la resistencia desaparece, porque tu cerebro no encuentra excusa para no hacerlo. Y lo interesante es que, una vez que abriste el libro y leíste esa página, la mayoría de las veces sigues leyendo un poco más, simplemente porque ya rompiste la inercia inicial, que es la parte más difícil de cualquier hábito. —¿Y si un día ni siquiera tengo ganas de abrir el libro? —Ahí es donde entra algo que se conoce como la técnica de los hábitos atómicos: en vez de pensar en el resultado final que quieres lograr, piensas en el sistema mínimo que te lleva hasta ahí. No te propongas "ser una persona que lee mucho", propone algo bien concreto y anclado a algo que ya haces todos los días; por ejemplo, leer tu carilla después de amamantar o a darle la leche a tu hija, o apenas te subes al colectivo para ir al trabajo. Atar el hábito nuevo a algo que ya es automático en tu rutina hace que sea mucho más fácil sostenerlo en el tiempo, porque no dependes de la fuerza de voluntad, que es un recurso que se agota, sino de una señal que ya está instalada en tu día. A esta estrategia, la conocemos como encadenamiento de hábitos. Funciona con los pacientes y también con nosotros. El profesor se levantó, sacó un libro de la estantería y lo dejó sobre el escritorio, sin abrirlo todavía. —Hay otra herramienta que te quiero compartir, que uso yo mismo desde hace años: la regla 90-90-1. La ideó Robin Sharma. La idea es simple: eliges el objetivo más importante que tienes en este momento de tu vida, uno solo, y le dedicas los primeros noventa minutos de tu día, durante noventa días seguidos, sin excepción. Antes de revisar el celular, antes de las obligaciones que te van a robar la energía, le das lo mejor de tu concentración a eso que de verdad te va a acercar a la persona que quieres ser. —Yo ni siquiera tengo noventa minutos libres a la mañana. —Lo sé, y por eso te dije que empieces con la carilla, no con la regla completa. Pero quiero que la conozcas, porque más adelante, cuando tu hija crezca un poco y tus tiempos cambien, vas a poder aplicarla a algo puntual: preparar una certificación, escribir tu Trabajo Final, armar un proyecto propio. Guárdala para cuando la necesites. Se sentó de nuevo, con las manos entrelazadas sobre el escritorio. —Ahora te voy a preguntar algo más importante que si lees o no lees. ¿Tú ya te imaginas dónde quieres estar trabajando como TO de acá a cinco años? Luci lo pensó unos segundos. —Sí, la verdad que sí. Me veo en un centro de rehabilitación pediátrica, trabajando con chicos con discapacidad. —Perfecto. Entonces esa imagen que tienes en la cabeza no es un sueño lejano, es tu punto de llegada, y todo lo que hagas hoy tiene que empezar a acercarte ahí. Si ya sabes dónde quieres estar en cinco años, no puedes esperar a estar ahí para empezar a formarte para eso. La autoformación no arranca cuando consigues el puesto que sueñas: arranca hoy, con la carilla de hoy, eligiendo leer sobre neurodesarrollo en vez de cualquier otra cosa. Eso es ser intencional con tu propio desarrollo, exactamente lo mismo que hablamos la semana pasada sobre las actividades con los pacientes, pero aplicado a ti misma. —Nunca lo pensé así. —La mayoría no lo piensa así, y ahí está el problema más grande de nuestra profesión. Los terapeutas ocupacionales nos pasamos la vida entera diseñando planes para mejorar el desempeño de otras personas, y descuidamos por completo nuestro propio desarrollo y nuestro propio equilibrio. Porque si hay alguien con desequilibrio ocupacional, somos los TO´s. Le exigimos disciplina y constancia a nuestros pacientes, y a nosotros mismos no nos exigimos ni una carilla por día. Eso, con el tiempo, te vacía, igual que te vacía cargar el dolor ajeno sin ecpatía. —¿Y por dónde empiezo, además de la carilla? —Busca referentes, mentores, gente que ya esté trabajando en lo que a ti te gustaría trabajar en cinco años, y préstales atención: qué leen, cómo hablan de su trabajo, qué cursos hicieron, cómo llegaron ahí. No te quedes solamente con lo que te enseñe el docente de turno, por más que ese docente te caiga bien —dijo, señalándose a sí mismo con una sonrisa—. Cada profesor te va a dar una mirada, valiosa, pero parcial. Si dependes solamente de eso, tu formación va a ser tan chica como la cabeza de una sola persona. Un mentor no reemplaza la carrera, la amplía. Te muestra un camino que ya recorrió, te ahorra errores, te conecta con gente que jamás hubieras conocido sola. —¿Y cómo se busca un mentor? Suena intimidante. —Mucho más simple de lo que piensas. Empieza por seguir a esos referentes en congresos, en redes, en sus publicaciones. Escríbeles un mensaje genuino, cuéntales qué te llamó la atención de su trabajo. La mayoría de las personas que llegaron lejos en esta profesión recuerdan perfectamente lo difícil que fue para ellos al principio, y están más dispuestas a ayudar de lo que imaginas. Lo único que tienes que hacer es animarte a preguntar. Invítalos a comer! eso nunca falla! Luci miró la biblioteca del profesor de otra manera, como si cada libro ahí fuera, en el fondo, un mentor silencioso esperando ser abierto. —Entonces, para la semana que viene... —Para la semana que viene, quiero que traigas elegido el primer libro con el que vas a empezar tu carilla diaria, y el nombre de al menos un referente de la especialidad que te imaginas ejerciendo en cinco años. No hace falta que lo hayas contactado todavía, solo que sepas su nombre. Parafracendo a Stamateas, lo mínimo es lo máximo! Actividad de aplicaciónEjercicio — La regla de la carilla
Elige un libro relacionado con la especialidad que te imaginas ejerciendo en el futuro, y comprométete a leer una sola página por día durante los próximos treinta días. Ata ese momento de lectura a algo que ya haces todos los días, para que se vuelva automático. Ejercicio — Tu mapa de mentores Escribe el nombre de dos o tres referentes de la Terapia Ocupacional, actuales o históricos, cuyo camino te gustaría seguir de cerca. Investiga qué leen, qué formación tienen y cómo llegaron a donde están. Ejercicio — Tú, de acá a cinco años Describe, con el mayor detalle posible, dónde te ves trabajando como TO en cinco años. Después escribe tres cosas concretas que podrías empezar a hacer esta misma semana para acercarte a esa imagen. "No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va." Luci golpeó la puerta de la oficina del profesor con más fuerza de la que hubiera querido. Él levantó la vista de una pila de carpetas y, al verle la cara, dejó todo de lado. —Vengo de la reunión de equipo del geriátrico —dijo ella, dejándose caer en la silla—. Y salí más confundida de lo que entré. —Cuéntame. —Estábamos todos: la kinesióloga, la psicóloga, la nutricionista, yo. Cada una leyó su informe. La kinesióloga habló de la movilidad de Raúl, la psicóloga habló de su ánimo, yo hablé de sus actividades de la vida diaria. Y cuando terminamos, cada una guardó sus papeles y se fue. Nadie conectó nada con nadie. Sentí que hablamos de tres personas distintas, cuando en realidad es un solo Raúl. El profesor sonrió, no porque le pareciera gracioso, sino porque reconocía la escena. —Acabas de vivir en carne propia la diferencia entre trabajar juntos y trabajar de verdad en equipo. Y eso me da pie para terminar algo que quedó pendiente: te debo los otros dos superpoderes. Luci se enderezó en la silla. —La escucha y la observación ya las conoces. El tercero es la ecpatía, de la que hablamos aquella tarde en la biblioteca: la capacidad de entrar en el mundo del otro sin quedarte a vivir ahí. Y el cuarto, el que hoy nos va a ocupar, es la intencionalidad. —¿Intencionalidad? —Vamos primero un paso atrás, a la observación, porque hoy la vas a necesitar más profunda de lo que la usaste hasta ahora. Observar no es simplemente mirar. Cualquiera mira. Observar, en nuestro oficio, es mirar con una pregunta adentro: ¿qué necesita esta persona que quizás ni ella misma sepa nombrar? Tú ya empezaste a notar gestos, posturas, silencios. Ahora te toca ir más allá: observar patrones a lo largo del tiempo, no solo en un momento aislado. ¿Esta persona siempre se sienta cerca de la ventana? ¿Por qué? ¿Siempre rechaza la misma actividad? ¿Qué le está diciendo eso? La observación seria no termina en la anécdota de hoy: se convierte en información que vas acumulando, cruzando, hasta que empieza a mostrarte un patrón real. —¿Y eso qué tiene que ver con lo de hoy? ¿Con la reunión? —Todo. Porque la observación sin un propósito claro se queda en anécdota suelta. Y ahí entra la intencionalidad: cada cosa que haces con una persona tiene que estar alineada a un objetivo. Si no está alineada a un objetivo, no es una actividad terapéutica. Es, en el mejor de los casos, un rato entretenido. Y nosotros no somos entretenedores, somos terapeutas ocupacionales. Ella se quedó pensando en el taller de sopa de letras que había armado la semana anterior, solo porque a los residentes "les gustaba". —Muchas veces caemos en esa trampa —siguió el profesor, como si le hubiera leído el pensamiento—. Armamos actividades lindas, entretenidas, que llenan una tarde. Pero si le preguntas al terapeuta qué objetivo persigue esa actividad, se queda callado. Eso es activismo, no es terapia ocupacional. La pregunta que siempre te tienes que hacer antes de proponer algo no es "¿qué actividad hago hoy?", sino "¿qué necesita trabajar esta persona, y qué actividad me sirve como herramienta para eso?" El orden siempre es importante, primero el objetivo y después la actividad. —¿Y eso significa que no puedo hacer algo simplemente porque a la persona le gusta? —No, para nada. El gusto de la persona es importantísimo, porque una actividad que no le interesa no va a generar adherencia ni motivación. Pero el gusto tiene que combinarse con el propósito. Si a tu usuario asignado le encanta cocinar y armas un taller de cocina, perfecto, siempre que ese taller esté trabajando algo concreto: coordinación motora fina, secuenciación de pasos, memoria de trabajo, socialización. Si solamente la entretiene una tarde y no trabaja nada, no estás haciendo tu trabajo. Estás llenando una agenda. Se levantó, buscó un cuaderno en su biblioteca y lo abrió sobre el escritorio. —Por eso la planificación no es un trámite burocrático, es el corazón de la intencionalidad. Evalúas a la persona, identificas sus necesidades reales, defines objetivos concretos y medibles, y recién ahí eliges las actividades y estrategias que te van a llevar a esos objetivos. Sin ese orden, todo lo demás es improvisación disfrazada de terapia. —Como lo que pasó hoy en la reunión. —Exacto. Y ahí volvemos a lo que me contaste. Lo que viviste hoy tiene nombre: trabajo multidisciplinario. Varios profesionales atendiendo a la misma persona, cada uno desde su disciplina, con objetivos propios, casi sin comunicación real entre ellos. Cada uno hace su parte y listo. Es mejor que nada, pero es insuficiente, porque a la persona la termina viendo fragmentada: un cuerpo para la kinesióloga, una mente para la psicóloga, unas manos para ti. —¿Y cómo se supone que debería ser? —El siguiente escalón es el trabajo interdisciplinario. Ahí los profesionales no solo comparten el mismo paciente: se sientan, comparten información real, coordinan objetivos comunes, discuten estrategias juntos. Siguen trabajando cada uno desde su disciplina, pero con una comunicación genuina, no un simple cruce de informes. Ya es mucho mejor que lo que viviste hoy. —¿Y el mejor escalón cuál es? —El transdisciplinario. Ahí las fronteras entre disciplinas se vuelven más flexibles. No solo se comparte información y objetivos: se comparte también parte del conocimiento y, muchas veces, de la intervención misma. Por ejemplo, la kinesióloga te puede enseñar ciertas pautas de posicionamiento para que tú las repliques en tus sesiones, y tú le puedes compartir estrategias de estimulación cognitiva para que ella las use en las suyas. El plan deja de ser "el plan de cada disciplina" y pasa a ser un solo plan, construido y sostenido entre todos, alrededor de la persona. La persona deja de estar en el centro de varios círculos separados y pasa a estar en el centro de un solo círculo, hecho entre todos. —Eso es lo que faltó hoy. —Eso es lo que va a faltar toda la vida, si nadie decide construirlo. Y ahí quiero que anotes algo más, porque tiene que ver contigo, no con el sistema: ese salto, de multidisciplinario a transdisciplinario, casi nunca lo da la institución. Lo da alguien. Una persona que decide, en medio de la reunión, no guardar sus papeles e irse, sino quedarse cinco minutos más y preguntar: "¿cómo puedo yo sumar a lo que estás viendo tú?" Eso es compromiso. Y el compromiso, casi siempre, pide un esfuerzo extra: quedarte esos cinco minutos, escribir ese mail que nadie te pidió, proponer esa reunión que no estaba agendada. —A veces siento que ya doy todo lo que puedo, entre el trabajo, mi hija y la facultad. —Lo sé, y no te estoy pidiendo que te sobreexijas hasta romperte, para eso ya hablamos de la ecpatía. Te estoy hablando de algo más simple: de la diferencia entre cumplir y ser proactiva. Cumplir es hacer exactamente lo que te piden, ni un poco más. Ser proactiva es preguntarte qué más se puede hacer, aunque nadie te lo haya pedido todavía. Los resultados extraordinarios casi nunca salen del cumplimiento mínimo. Salen de ese esfuerzo extra que alguien decide dar cuando nadie lo está mirando. Luci anotó eso último, subrayándolo dos veces. El profesor se quedó mirando su propia biblioteca, llena de libros gastados, y le preguntó, como al pasar: —¿y tú qué estás leyendo estos días? Luci lo pensó un segundo, un poco avergonzada. —Nada, la verdad. Entre el trabajo, mi hija y los apuntes de la facultad, no me queda tiempo para leer nada que no sea obligatorio. El profesor no dijo nada más sobre el tema. Solo sonrió y anotó algo en su propio cuaderno. —Eso lo hablamos la semana que viene, ya me voy a casa, pero antes, un poco de gimnasia en el gimnasio de la universidad me permitirá pasar más fácilmente en modo esposo y papá. Actividades de implementaciónEjercicio — Revisa tu última actividad
Elige la última actividad que propusiste en tu práctica y responde por escrito: ¿qué objetivo concreto estaba trabajando? Si no puedes nombrarlo con claridad, ese es tu punto de partida para la próxima planificación. Ejercicio — Tu equipo, ¿en qué escalón está? Piensa en el equipo con el que trabajas actualmente: ¿funciona de forma multidisciplinaria, interdisciplinaria o transdisciplinaria? ¿Qué podrías hacer tú, concretamente, para acercarlo un escalón más al trabajo transdisciplinario? "La mayoría de las personas no escuchan con la intención de comprender; escuchan con la intención de responder." El profesor había ido al geriátrico a supervisar la práctica. Se quedó parado en el marco de la puerta del salón de actividades, sin que Luci lo notara, y la observó un rato.Ella estaba sentada frente a una señora mayor, con una carpeta llena de ideas de manualidades sobre la falda. La señora hablaba de su marido, de lo mucho que extrañaba cocinarle el domingo. Luci escuchaba, tensa, con la lapicera lista, y cuando la señora hizo una pausa, respondió rápido: —¡Qué lindo! ¿Sabe qué podemos hacer? Un recetario ilustrado, así plasma sus recetas favoritas... La señora asintió, sin demasiado entusiasmo, y siguió mirando por la ventana. El profesor esperó a que terminara la actividad para acercarse a Luci, que salió al patio a buscar un poco de aire. —¿Cómo la ves a la práctica hoy? —le preguntó, sentándose a su lado en el banco. —Sinceramente, mal —dijo ella, y se tapó la cara con las manos—. No sé qué me pasa. Cuando las personas me cuentan cosas así, tristes, profundas, no sé qué contestar. Me pongo tan incómoda que termino diciendo cualquier cosa. A veces les doy consejos que ni me pidieron. Otras veces cambio de tema para un lado más "productivo", como si tuviera miedo del silencio. El profesor asintió, sin apuro. —¿Y qué pasó recién, con la señora del recetario? —Me habló de su marido, de cómo lo extraña, y yo... enseguida salté a proponerle una actividad. Ni siquiera sé si ella quería hablar de recetas. Quería hablar de su marido. —Ahí está —dijo el profesor—. Acabas de nombrar uno de los errores más comunes en esta profesión, y también uno de los más difíciles de soltar: confundir el proyecto con la actividad. Luci lo miró sin entender. —Nosotros, como terapeutas, tenemos una obsesión formada desde la facultad: llegar a la actividad. Necesitamos algo concreto para proponer, algo que se vea, que se pueda planificar, que quede lindo en un informe. Y esa necesidad muchas veces nos hace pasar por arriba de lo único que realmente importa: la persona que tenemos enfrente. —Pero las actividades son parte de nuestro trabajo, ¿no? —Claro que sí. Pero son una herramienta, no el objetivo. El objetivo, el proyecto de verdad, es la persona. Las personas son nuestro proyecto, Luci. No el recetario, no el taller de cocina, no la manualidad del jueves. Esas cosas sirven en la medida en que respondan a lo que esa persona necesita. Y para saber qué necesita, primero hay que escucharla, escucharla de verdad, no para completar un formulario, sino para entenderla. Luci se quedó pensando. —Pero cuando escucho, me pasa lo que le dije. Me incomodo. No sé qué decir. Y como no sé, termino llenando el silencio con cualquier cosa. —Eso te pasa a ti y le pasa a casi todo el mundo, porque nadie nos enseña a escuchar. Nos enseñan a hablar, a explicar, a dar respuestas. Pero escuchar de verdad tiene sus propias barreras, y conviene que las conozcas, porque una vez que las identificas, es mucho más fácil saltearlas. Sacó una lapicera y, sobre el cuaderno de Luci, empezó a anotar. —La primera barrera es que, mientras el otro habla, nosotros ya estamos armando la respuesta en la cabeza. No estamos escuchando: estamos esperando nuestro turno para hablar. La segunda es el impulso de arreglar. Alguien nos cuenta algo doloroso y sentimos la necesidad urgente de solucionarlo, de darle una salida, aunque no nos la haya pedido. La tercera es el silencio: nos incomoda tanto que lo llenamos con lo primero que se nos ocurre, como hiciste hoy con el recetario. Y la cuarta, quizás la más silenciosa de todas, es que comparamos lo que el otro cuenta con nuestra propia historia, y terminamos hablando de nosotros en lugar de quedarnos con él o con ella. —Yo hago las cuatro —dijo Luci, con una risa nerviosa. —Todos las hacemos al principio. La buena noticia es que se entrenan, igual que la ecpatía de la que hablamos la otra vez. ¿Sabes cuál es el primer paso? —¿Cuál? —Animarte a no decir nada. Sostener el silencio un poco más de lo que te resulta cómodo. La mayoría de las veces, cuando dejas ese espacio vacío, la persona lo llena sola, con algo más profundo de lo que iba a decir si tú hubieras hablado primero. Se quedó pensando un segundo y agregó: — Ernesto Sirolli, una persona que admiro mucho por su labor social, resume esto mejor que cualquier manual de la facultad. Él dice, más o menos, que si de verdad quieres ayudar a alguien, lo primero que tienes que hacer es callarte y escuchar. Antes de proponer nada. Antes de opinar. Antes de traer la solución que a ti te parece perfecta. Cállate y escucha, primero. Después, recién después, vas a saber qué es lo que esa persona realmente necesita. —¿Y si necesito preguntar algo? —Ahí entra la segunda herramienta: las preguntas abiertas. Una pregunta cerrada se contesta con sí o no, y ahí se termina la conversación. "¿Extraña a su marido?" Con eso, la señora te dice que sí, y listo. En cambio, una pregunta abierta invita a seguir contando: "¿Cómo era un domingo con su marido?" "¿Qué es lo que más extraña de esos días?" Ese tipo de preguntas le devuelven la palabra a la persona, y te van a mostrar mucho más de lo que necesitas saber para ayudarla. Luci empezó a anotar en su cuaderno. —Y hay algo más, que muchas veces se nos pasa por alto —siguió el profesor—: la escucha no alcanza sola. Hay que complementarla con la observación. Fíjate cómo se sienta la persona, qué hace con las manos mientras habla, si evita mirarte a los ojos en algún momento, si su cara cambia cuando menciona ciertos temas, cómo está el ambiente a su alrededor, si tiene fotos en la mesita de luz, qué objetos conserva. Todo eso te habla, aunque la persona no diga una palabra. A veces lo que alguien no cuenta es tan importante como lo que sí cuenta, y solo lo vas a captar si además de escuchar, estás mirando de verdad. Se quedó en silencio un momento, como decidiendo si contarle algo más. —Te voy a decir algo que les repito a todos mis estudiantes, y quiero que te lo lleves grabado: los terapeutas ocupacionales tenemos cuatro superpoderes. No son magia, son habilidades que se entrenan toda la vida, pero funcionan como superpoderes cuando las usas bien. La escucha es uno. La observación es otro. Los otros dos te los voy a contar en otro momento, porque primero necesito que estos dos se te vuelvan naturales. —¿Por qué dice que son superpoderes? —Porque con solo escuchar bien y observar bien, ya puedes cambiarle el día a una persona. Puedes hacer que alguien que hace años que nadie escucha de verdad, sienta, aunque sea por media hora, que su historia importa. Eso no lo logra ninguna actividad, por más bien planificada que esté. Lo logra la atención genuina que le pongas a la persona que tienes enfrente. Luci miró hacia el salón, donde la señora del recetario todavía estaba sentada junto a la ventana. —¿Puedo volver a entrar? —Anda —dijo el profesor, con una sonrisa—. Pero esta vez, no lleves la carpeta de actividades. Lleva solamente las preguntas, y los oídos bien abiertos. Porque escuchar, además de ser terapéutico, es un acto de amor....y si escuchas bien, el plan de intervención, te lo cuentan tus pacientes! Actividad de implementaciónEjercicio — Escuchar sin arreglar
Elige una conversación de esta semana, en tu práctica o en tu vida personal, y observa cuál de las cuatro barreras aparece con más frecuencia en ti: responder antes de tiempo, querer arreglar, llenar el silencio o comparar con tu propia historia. Anótala. Ejercicio — De pregunta cerrada a pregunta abierta Toma tres preguntas cerradas que sueles hacer ("¿Está bien?", "¿Le gustó?", "¿Necesita algo?") y transfórmalas en preguntas abiertas que inviten a la persona a contar más. “No podemos evitar que las aves de la tristeza vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí podemos evitar que hagan nido en nuestros cabellos.” La biblioteca de la facultad tenía ese silencio particular que solo interrumpen las páginas al pasar. Luci llevaba un rato ahí, con un libro abierto que hacía tres cuartos de hora que no avanzaba de la misma página. Tenía la mirada perdida en algún punto entre las letras y el geriátrico. El profesor la vio desde la entrada y se acercó despacio, para no sobresaltarla. —¿Puedo? —preguntó, señalando la silla vacía. Luci asintió, casi aliviada de que alguien interrumpiera sus pensamientos. —¿Cómo va la práctica? —le preguntó él, dejando su carpeta sobre la mesa. —Bien... —dijo ella, y después se corrigió a sí misma—. En realidad, no sé si "bien" es la palabra. El profesor esperó, sin apurar la respuesta. —Profe, no puedo dejar de pensar en ellos. Llego a casa, le doy la cena a mi hija, la baño, la acuesto... y mientras tanto sigo ahí, en el geriátrico. Pienso en doña Ester, que me contó que hace tres años que ningún hijo la visita. Pienso en don Raúl, que todas las tardes me pregunta si ya llegó "la hora de irse a casa", aunque su casa ya no existe para él. Se me mezclan sus historias con las mías. Me acuesto y sigo ahí. Me despierto y sigo ahí. Se le quebró un poco la voz. —Yo quiero ser empática. Es lo que más me pidió usted, ¿no? Pero esto me está consumiendo. Siento que si sigo así, no voy a aguantar ni la mitad de la práctica. El profesor la escuchó sin interrumpir, con esa clase de atención que no juzga. —Luci, lo que me estás describiendo tiene nombre. Y no es que te falte fortaleza, ni que la empatía sea un error. Es que te falta la otra mitad de la habilidad. —¿La otra mitad? —Hay una palabra que casi nadie usa, pero que en nuestra profesión debería enseñarse el primer día: ecpatía. Luci frunció el ceño, intentando ubicar el término en algún apunte de la cursada. —No está en ningún libro de la facultad, tranquila —sonrió el profesor, adivinando su búsqueda—. Es un concepto que vengo masticando hace años, sobre todo desde que trabajé en geriatría. Si la empatía es la capacidad de entrar en el mundo del otro, de sentir lo que siente, de conmoverte con su historia... la ecpatía es la capacidad de salir. De volver a tu propio centro después de haber estado ahí. —¿Salir cómo? Yo no elijo quedarme pensando en ellos. Se me queda pegado solo. —Exactamente. Porque nadie te enseñó a salir. La empatía se entrena mucho, se habla mucho de ella. Pero la ecpatía casi nunca se menciona, y sin ella terminas cargando lo que no te corresponde. Y eso, con el tiempo, se confunde con vocación, con entrega, hasta con espiritualidad. "Soy una terapeuta comprometida, por eso sufro con mis pacientes." Pero no es así. Cargar lo del otro no te hace mejor profesional. Te vacía. Luci bajó la mirada hacia el libro cerrado sobre la mesa. —¿Pero por qué me pega tan fuerte a mí? A mis compañeras no parece afectarles tanto. —Te voy a explicar algo que tiene que ver con cómo estamos hechos, no solo con tu carácter. ¿Escuchaste hablar de las neuronas espejo? Luci negó con la cabeza. —Son un grupo de neuronas que se activan tanto cuando hacemos una acción como cuando vemos a otra persona hacerla. Si yo levanto un vaso, se activan. Pero si te veo a ti levantando un vaso, en mi cerebro se activan las mismas neuronas, como si lo estuviera haciendo yo. Y eso no pasa solo con los movimientos: pasa también con el dolor, con la angustia, con la alegría. Cuando doña Ester te cuenta que nadie la visita, algo en tu cerebro resuena con ese dolor como si en parte fuera tuyo. Por eso la empatía no es solo una decisión moral, "voy a ser buena persona y me voy a poner en su lugar". Es algo que el cuerpo hace solo, de fábrica. —¿Y eso qué tiene que ver con que a mí me afecte más que a mis compañeras? —Ahí está lo interesante. Ese espejo interno resuena con más fuerza cuando tienes, adentro tuyo, un lugar que reconoce ese dolor. Si alguna vez sentiste soledad, o abandono, o miedo a que algo se te acabe, tu cerebro tiene "material" con el cual resonar cuando escuchas a alguien que atraviesa algo parecido. El problema no es que tengas ese material. El problema es no saber qué hacer con él. —Entonces cuanto más conectada esté con mi propio dolor, ¿más me va a doler el de los demás? —Al principio, sí, probablemente. Pero acá viene lo que quiero que te lleves de esta charla: para poder conectar de verdad con la vulnerabilidad del otro, primero tienes que haber hecho las paces con tu propia vulnerabilidad. Si nunca te permitiste sentir tus propios miedos, tus propias pérdidas, tu propia fragilidad, tu empatía va a quedar en la superficie. Vas a decir las palabras correctas, vas a poner la cara correcta, pero por dentro no vas a estar tocando nada real. En cambio, si ya recorriste tu propio dolor, aunque haya sido doloroso, cuando te encuentres con el dolor ajeno no vas a entrar a un territorio desconocido: vas a reconocer algo que ya aprendiste a sostener. Y eso, paradójicamente, te permite acompañar sin quebrarte. —O sea que no se trata de blindarme para no sentir. —Al contrario. Se trata de lo opuesto a blindarte: de conocerte tan bien a ti misma, de haber trabajado tanto tu propia historia, que cuando el dolor del otro toque el tuyo, sepas exactamente qué hacer con esa resonancia. Ahí es donde se juntan las dos cosas que hablamos hoy: necesitas las neuronas espejo, esa capacidad de resonar con el otro, encendida y sin miedo. Y necesitas la ecpatía, saber volver a ti misma después. Una sin la otra no alcanza. Solo empatía sin ecpatía te quema. Solo ecpatía sin haber tocado tu propia vulnerabilidad te vuelve fría, distante, y las personas lo notan enseguida. —Pero entonces... ¿si aprendo a salir, dejo de importarme lo que les pasa? —Al contrario. La ecpatía no es frialdad ni desapego. Es lo que te permite doblarte sin romperte, como una palmera en medio de una tormenta. Es lo que hace posible que puedas acompañar a muchas personas, año tras año, sin perder la capacidad de estar presente en cada una. Sin ecpatía, te quemas rápido. Y una terapeuta quemada no le sirve a nadie: ni a doña Ester, ni a don Raúl, ni a tu hija, ni a ti misma. Hizo una pausa y se acomodó en la silla. —Te voy a contar algo que a mí me costó mucho aprender. Cuando yo trabajaba en un geriátrico, el trabajo no terminaba cuando salía por la puerta. Mi cuerpo llegaba a casa, pero mi cabeza se quedaba ahí adentro, con cada historia que había escuchado ese día. Y esa tensión no me dejaba estar realmente presente con mi esposa ni con mis hijas. Seguía en modo terapeuta cuando tenía que estar en modo esposo, en modo papá. —¿Y qué hizo? —Entendí que necesitaba algo concreto. Un gesto que marcara, para mi propio cuerpo y mi propia cabeza, el paso de un mundo al otro. Lo que algunos llaman un ritual de transición. —¿Cómo qué? —El mío era simple. Antes de entrar a mi casa, me quedaba parado un momento en la puerta. Miraba una foto de mi familia que llevaba en la billetera. Y hacía un gesto, así, medio tonto si me ves desde afuera: me sacaba el sombrero imaginario del terapeuta y me ponía el del esposo y el papá. No era magia, Luci. Era una decisión que mi cuerpo necesitaba ver actuada para poder creérsela. Luci se quedó en silencio, imaginando la escena: aquel hombre, parado frente a su puerta, dejando atrás un día entero de historias ajenas antes de cruzar el umbral. —Un ritual de transición no tiene que ser igual al mío —continuó el profesor—. Puede ser una caminata de diez minutos antes de entrar a tu casa. Un momento de oración. Un rato de silencio en el auto o el colectivo. Una llamada a alguien de confianza para poner en palabras lo que viviste. Lo que sea que te permita decir, con el cuerpo y no solo con la cabeza: "estuve ahí, me conmoví, y ahora salgo del pozo". —Entonces no es que tenga que sentir menos. —No. Es que tienes que aprender a soltar, a tiempo, lo que no es tuyo para cargar. Doña Ester tiene su historia, y tú puedes acompañarla con todo el corazón mientras estás con ella. Pero esa historia no tiene que dormir en tu cama ni bañarse con tu hija. Eso le pertenece a ella. Tú ya hiciste tu parte: estuviste presente, la escuchaste, la acompañaste. Ahora te toca volver a ti. Luci sintió que algo se aflojaba en el pecho, como si por primera vez alguien le diera permiso para dejar de cargar sin sentirse culpable por eso. —¿Y si me cuesta? ¿Si el ritual no me sale la primera vez? —No te va a salir la primera vez. Es una habilidad, no un interruptor. Se entrena, como cualquier otra. Tú ya sabes entrar en el mundo del otro, eso te sale naturalmente. Ahora te toca aprender, con la misma dedicación, a salir. El profesor se puso de pie, dispuesto a dejarla con sus pensamientos. —Para la semana que viene quiero que pruebes algo: elige tu propio ritual de transición y úsalo, aunque te sientas rara haciéndolo. Y cuéntame qué pasó. Luci abrió su libro otra vez. Esta vez, por primera vez en tres cuartos de hora, las palabras empezaron a tener sentido. Actividad de aplicaciónEjercicio — Mi ritual de transición
Piensa en un ritual concreto que te permita cerrar, cada día, el mundo de tu práctica antes de volver al tuyo: una caminata, un momento de silencio, una frase que te repitas, un gesto simbólico. Escríbelo, pruébalo durante una semana y anota qué cambió. ¿Qué historias sientes que "te seguiste llevando a tu casa" en las últimas semanas? ¿Qué necesitas soltar, sin dejar de haber estado presente cuando importaba? "Hay tres cosas extremadamente duras: el acero, los diamantes y el conocerse a uno mismo." Luci buscaba desesperadamente al profesor. Una extensa jornada laboral y la noticia de que su bebé tenía fiebre le habían impedido presentarse al día más esperado del cuatrimestre: la presentación de instituciones. No era para menos, se trataba de su primera práctica profesional. Lo encontró en la cafetería de la universidad, no dudó en interrumpirlo y contarle su situación. Él la invitó a sentarse y le resumió lo que se había hablado en la cursada, junto con las distintas opciones que ofrecía la materia. —¡No veo la hora de empezar! —dijo Luci, y de inmediato bajó la mirada—. Aunque tengo tanto entusiasmo como miedo. El profesor terminó su café y le preguntó: —¿Qué es lo que te atemoriza? —¡Todo! Tengo miedo a no saber qué hacer, a lo que tenga que decir, a lastimar a alguien con mi forma de actuar… Amo la Terapia Ocupacional y sé que esta carrera es lo mío, pero con solo pensar que voy a tener un grupo a cargo, y que con algunas personas trabajaré una a una, no puedo dormir de la ansiedad. Tengo miedo a fracasar. El profesor la miró con calma. —Luci, fracasar es otra cosa, es no tener el coraje de al menos intentarlo, o rendirse ante las primeras dificultades que seguro se van a presentar. Tienes frente a tu horizonte tu primera práctica profesional: algo nuevo, sí, y casi todos tenemos miedo a lo desconocido. Pero esa práctica también va a ser el escenario que te dé la oportunidad de crecer, no solo como futura profesional, sino como persona. Va a animar tu vocación, va a formar tu carácter como TO, va a ampliar tu visión de la profesión y, sin duda, va a sacar lo mejor de ti… y lo peor también. Terminó la frase con una pequeña sonrisa. Levantó la mano y pidió dos cafés más. —Yo estoy por cumplir sesenta y cinco años —siguió—, y si aprendí algo en todo este tiempo es que la experiencia no nos quita los miedos. Solo nos permite acumular la valentía necesaria para actuar a pesar de ellos. Antes de empezar un trabajo nuevo, un proyecto, un curso, suelo ponerme muy nervioso. Lo que me ayuda, es recordar mis logros pasados: eso me demuestra que pude en otras circunstancias que parecían imposibles. También ocupo mis pensamientos con algunas frases que memoricé, casi como un ritual ocupacional para disminuir mi ansiedad, para repetirlas cuando el miedo a lo desconocido me invade. Sacó del bolsillo un pequeño tarjetero de cuero marrón, con una solapa transparente que dejaba ver las tarjetas por dentro. Al desparramarlas sobre la mesa, Luci vio frases y citas de distintos autores: algunas con letra envejecida, escritas a mano; otras, recién impresas. El profesor le pidió que, sin mirar, eligiera dos. Luci cerró los ojos. Tomó dos tarjetas que decían: "Las dificultades preparan a personas ordinarias para destinos extraordinarios." — C. S. Lewis "Todo lo que quieres está al otro lado del miedo." — Jack Canfield Las guardó con cuidado, casi como si fueran a romperse, y prometió memorizarlas. —Me van a ser muy útiles, sobre todo en mi primer día de práctica. El profesor guardó el tarjetero y tomó un sorbo de café. —Otra cosa que me ayuda a enfrentar el miedo es pensar en mis áreas fuertes. Ante los desafíos nuevos solemos poner el foco en lo que nos falta, y eso nos paraliza. ¿Cuáles son tus talentos? Piénsalo. ¿Cómo puedes ponerlos al servicio de la Terapia Ocupacional, de tu práctica, de las personas? Es bueno reconocer también las debilidades, aclaró, pero no para lamentarse. —Reconozco que soy muy tímida —dijo Luci, levantando la mano con cierta vergüenza, como si todavía estuviera en el colegio. —Si sientes que tu timidez juega en contra, deberías saber que los terapeutas ocupacionales con ese perfil suelen ser excelentes construyendo alianzas terapéuticas. —¿Cómo es eso? —interrumpió ella, genuinamente sorprendida. —Vas a poder establecer relaciones llenas de empatía. Vas a saber escuchar sin juzgar, no vas a dar consejos que nadie te pidió, y vas a planear cada objetivo y cada actividad con mucho análisis. Vas a ser excelente en las intervenciones individuales, no lo dudo. Y algo más: ser introvertida no es lo mismo que ser tímida. Si aprendes a conocerte de verdad, eso va a tener un impacto enorme en cómo ejerces la profesión, en los trabajos que elijas y en los que sepas que no son para ti. Tomó una servilleta y, con la lapicera que llevaba en el bolsillo de la camisa, dibujó una tabla de cuatro columnas. —Esto es el Diagrama PNI —dijo con entusiasmo—. Lo inventó Edward de Bono. Para mí es una herramienta excelente para usar con las personas, pero sobre todo, con uno mismo. Te invito a que hagas una lista de tus aspectos positivos, negativos e interesantes. ¿En qué eres buena? ¿Cuáles son tus talentos? ¿Qué te sale bien? ¿Qué te entusiasma de verdad? ¿Qué aspectos de tu perfil crees que te van a jugar en contra durante la práctica? ¿Qué no sabes hacer? ¿Qué haces mal? ¿Qué te aburre? ¿Y qué cosas de tu vida personal, de tu contexto, valdría la pena tener en cuenta a la hora de hacer tu práctica? Anota todo debajo de cada columna, y si quieres, la semana que viene lo conversamos. La idea es potenciar lo positivo, minimizar lo negativo y usar lo interesante a tu favor. —Pero lo importante de todo esto —agregó, mirándola fijo— es que armes un plan de acción. Porque, como dijo alguien alguna vez, visión sin acción es pura ilusión. Tienes que hacer algo cada semana para mejorar. La excelencia y la mejora continua tienen que ser un valor en el ejercicio de nuestra profesión. Lamentablemente, muchos terapeutas ocupacionales trabajan para mejorar el desempeño de otros, pero no hacen nada para mejorarse a sí mismos. Tú, en cambio, vas a salir de tu zona de confort. Haz algo con tu inseguridad y tu supuesta timidez. Digo "supuesta" porque esos sentimientos probablemente van a desaparecer a medida que avances en la práctica. Lo que te falta es practicar. Y de eso se trata la práctica: de practicar. —¿Qué me recomienda hacer? —preguntó Luci. —Anótate en un curso de teatro. O de oratoria. Participa de los talleres de los payamédicos, ve a terapia, no sé… haz algo. Generalmente, las cosas se acomodan a medida que uno se mueve. Lamentablemente, solo el diez por ciento de las personas se juega completamente por sus sueños; el resto trabaja para los sueños de otro. Depende de ti estar dentro de ese diez por ciento. Ella se quedó mirando la servilleta. El profesor rompió el silencio: —¿Cuál es tu target? Luci lo miró con intriga. —¿A qué se refiere, profe? —¿Qué es lo que te entusiasma? ¿Cuál es la población que más te motiva servir? —¿Servir? —repitió ella, casi para sí misma. Por un momento no supo qué contestar. Se quedó pensando, como tildada, mientras un montón de imágenes le pasaban por la cabeza y las palabras del profesor armaban, sin que ella lo notara, un paradigma nuevo. Nunca había pensado la práctica de esa manera. Para ella siempre había sido solo un espacio de aprendizaje, un lugar donde aplicar lo que venía estudiando en la teoría. Pero ahora era otra cosa: una oportunidad para servir a las personas. Desde esa conversación, algo en su corazón empezó a gestarse. Su vocación se llenó de un deseo profundo de ayudar a los demás. Estudiar tomó otra dimensión: cada examen dejó de ser un trámite y pasó a ser una oportunidad para adquirir conocimientos que, con el tiempo, se transformarían en poder para dar a otros. Cuanto más supiera, más podría ayudar. Más podría servir. —¿Cuál es tu target? —insistió el profesor—. ¿Cuál es tu público objetivo? —No sé qué hacer —contestó, casi con miedo—. Me gustaría trabajar con niños, pero soy muy tímida para eso. Me apasiona la rehabilitación, pero no sé si voy a poder con todo lo que hay que estudiar. En geriatría me sentiría muy bien y muy segura, de hecho amo a los ancianos… pero creo que no soportaría la muerte de uno de ellos. Su imaginación se disparó. Llegó a fantasear con un anciano muriéndose en el salón del geriátrico mientras ella le explicaba cómo hacer una manualidad. El profesor, como si le hubiera leído el pensamiento, sacó otra vez el tarjetero y leyó: "Tus excusas no son más que las mentiras que tus miedos te han vendido." — Robin Sharma —Esas mentiras se instalaron en tu mente y en tu corazón, y sin que te dieras cuenta, armaron votos que frenan tu potencial. Necesitas renovar tu visión, la forma en que te ves. En medio de la confitería, sin ningún pudor, el profesor tarareó en voz baja el estribillo de una canción. Luci lo reconoció enseguida: era el mismo fragmento que solía cantar su papá cuando ella era chica. "¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad." —¿Qué ves cuando me ves? —le preguntó el profesor. Ella sonrió. —Lo veo a usted... Los dos se rieron. —¿Y cuando te ves a ti misma, qué ves? —siguió él. Un silencio se instaló entre ambos. —La forma en que te ves es la clave de tu problema, Luci. Lo que crees de ti misma, cómo percibes tus limitaciones: eso es lo que hoy determina tu identidad ocupacional y condiciona tu desempeño. Si quieres tener éxito en tu práctica, asegúrate de tener una visión clara del rol del TO, de las necesidades y los intereses de la población que vas a atender. Pero, sobre todas las cosas, de ti misma. Vas a tener que desechar cada mentira que creíste, y empezar a creer una verdad sobre ti que hasta ahora ignoraste. —Por otro lado, sería bueno que identifiques qué otras cosas te apasionan, además de la Terapia Ocupacional, y cómo eso puede potenciar tu desempeño en la práctica. ¿Tienes algún hobby? —Me encanta cocinar —dijo Luci, con un entusiasmo que no había mostrado en toda la charla. —¡Eso es algo interesante! ¿Qué te parece si armas talleres de cocina en tu programa de actividades? Si es de interés para la población, qué mejor que unir lo que a ti te apasiona con tus intervenciones. Y no te olvides: tu entusiasmo, a los pacientes entusiasma. El profesor sacó tres hojas de su carpeta: el listado de instituciones y dos fichas con tips prácticos para la práctica profesional, además de un código QR con podcasts relacionado a todo lo conversado. Le pidió que leyera todo con calma y que, ante cualquier duda, le escribiera un mail, aunque le pidió paciencia si tardaba en responder: al principio del cuatrimestre solía tener un exceso de tareas, llamados y reuniones tratando de ubicar a cada estudiante en su espacio institucional. —Y en cuanto a tus miedos, Luci: te propongo que hagas tu propio PNI. El miércoles que viene, en esta misma mesa, me cuentas cómo te fue. Hizo una pausa, y agregó con una sonrisa: —Eso sí: esta vez invitas tú el café. Actividad de aplicaciónEjercicio 1 — Evaluando tu propio perfil ocupacional ¿Qué aspectos consideras positivos, negativos e interesantes en tu persona, que puedan afectar significativamente tu práctica? Arma un plan de trabajo con metas para el cuatrimestre. Ejercicio 2 — ¿Cuál es tu target? ¿Con qué población te gustaría hacer tu práctica? ¿Qué te gustaría aprender este cuatrimestre? ¿Qué te entusiasma? Esta institución que voy a elegir, ¿me acerca o me aleja del lugar donde me gustaría estar dentro de diez años? |
Las crónicas de LuciEn esta sección encontrarás historias de ficción protagonizadas por Luci, el profesor y un anciano. |
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