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GUILLERMO PEREYRA
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Día del estudiante!

21/9/2026

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"La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo",
Paulo Freire

Esa mañana Luci había dormido menos de cuatro horas. Le tocó trabajar de noche en el local de comidas rápidas, se levantó a las 6 para llevar a su hija hasta el jardín maternal y a las ocho,  ya estaba parada frente a la puerta del geriátrico, con el uniforme de mesera todavía guardado en el bolso y los ojos ardiéndole de sueño, mientras en su cabeza la cuentas sin pagar llenaban su mente de ansiedad: el alquiler, el jardín, los materiales y las fotocopias, y lo poco que iba a quedar para comer, una cuenta que casi nunca terminaba de cerrar por completo.

Era su primer día de práctica, y debería haber sentido algo parecido al entusiasmo que le había confesado al profesor semanas atrás, en aquella charla de café, pero lo único que sentía en ese momento se parecía mucho más a un cuadro de agotamiento extremo. Se presentó en recepción y, mientras esperaba a que alguien viniera a orientarla, salió al patio a buscar un poco de aire fresco de esa mañana de primavera que todavía no le había tocado el cuerpo.

Ahí lo vio por primera vez: un anciano, un "viejo" sentado solo en el banco de madera, con las manos apoyadas sobre un bastón y la mirada perdida entre las plantas recién florecidas, sin nadie más a su lado. Luci se sentó en el otro extremo del banco, más por cansancio que por ganas de conversar, y él la miró de reojo con una atención que no parecía casual.

—Hoy es un día raro para empezar algo —le dijo, sin ningún preámbulo, como si retomara una charla que ya venían teniendo—. Es el Día del Estudiante y el Día de la Primavera, los dos juntos, el día en que se supone que a uno le florece algo por dentro.

Luci llena de timidez,  sonrió apenas, sin muchas fuerzas para más.

—Hoy no me siento muy florecida que digamos lo dijo bostesando.

—¿Primer día? —preguntó él, aunque por la forma en que la miraba parecía que ya conocía la respuesta de antemano.

—Primer día de práctica, de Terapia Ocupacional.

El anciano asintió despacio, con la clase de gesto de quien reconoce algo que le toca de cerca, y agregó, casi para sí mismo, sin dejar de mirar las plantas recién florecidas:

Así son todos los cuatrimestres acá adentro: llega un grupo nuevo, uno se encariña sin darse cuenta, prometen que van a volver aunque la práctica termine y, con el tiempo, van desapareciendo. Uno ya está acostumbrado a acumular esa clase de pérdidas. Una mancha más al tigre, como dicen...nadie se da cuenta.

Se quedaron un rato en silencio, hasta que él, sin dejar de mirar las plantas, le hizo una pregunta que la tomó completamente desprevenida.

—¿Por qué estudias? —le preguntó.
Luci levantó la mirada. La pregunta había llegado de golpe, sin ninguna introducción, como si aquel hombre hubiera estado esperando el momento exacto para hacerla.
Antes de que ella pudiera responder, él continuó:

—Hay tres razones posibles. Y me gustaría saber cuál es la tuya. Hizo una breve pausa.
—Se estudia para saber. Se estudia para aprobar. Y se estudia para servir mejor a las personas. Las tres razones son válidas, cada una a su manera. El problema es que no todas alcanzan para sostenerte durante quince años de carrera, sobre todo el día en que estés cansada, tengas ganas de abandonar y no encuentres ninguna razón para continuar.

Luci lo miró en silencio.

Le resultaba extraño que un desconocido le hiciera una pregunta tan grande a las ocho y media de la mañana. Tenía apenas cuatro horas de sueño, el cuerpo todavía pesado por el turno de trabajo y la cabeza ocupada por la cuenta del alquiler que debía pagar esa semana. No estaba preparada para hablar de grandes razones. Ni de vocación. Ni del futuro.

—Sinceramente... —dijo después de unos segundos—. Hoy estudio para aprobar, para llegar al final del cuatrimestre, para terminar las materias. Ya casi ni recuerdo por qué empecé la carrera...

El anciano sonrió apenas, no parecía decepcionado.

—Es una respuesta honesta —dijo—. Y te la agradezco, no todos se atreven a decir la verdad tan temprano.

Luci sonrió por compromiso, pero él continuó hablando.

—Te contaré algo que aprendí con los años. Aprobar te alcanza para llegar al final de un cuatrimestre. Saber te lleva un poco más lejos; quizás hasta el final de una carrera. Pero tener una actitud de servicio puede sostenerte durante toda la vida.

Luci frunció ligeramente el ceño.

—¿Servicio?

—Sí. Entender que lo que estás aprendiendo no termina en ti.

El hombre señaló con un gesto los apuntes que ella llevaba bajo el brazo.

—Ahora parece que todo esto es para ti. Para conseguir un título, para tener un trabajo, para ganar un poco más de dinero, para poder independizarte. Y está bien...No hay nada malo en eso. Todos necesitamos construir nuestra propia vida.

Hizo una pausa.

—Pero algún día descubrirás que el conocimiento que adquiriste durante estos años también pertenece, de alguna manera, a los demás.

Luci no respondió.

—Porque saber es poder —continuó él—. No ese poder del que hablan quienes quieren mandar sobre los demás. Otro tipo de poder, el poder de hacer algo cuando alguien más ya no puede hacerlo por sí mismo.

Su voz había cambiado. Ya no hablaba como quien intenta convencer a una estudiante. Hablaba como alguien que recordaba personas concretas.

—Cada cosa que aprendas de verdad puede terminar convertida en algo muy sencillo. En una mano que sostiene a una persona cuando intenta levantarse de una silla. En una adaptación que le permite volver a hacer algo que creía perdido. En una palabra dicha a tiempo. En la paciencia necesaria para esperar a alguien que tarda mucho... 

—Usted habla como si supiera mucho de esto —le dijo.

—Sé lo que se siente estar del otro lado, porque yo nunca pude estudiar una carrera —contestó él, bajando un poco la voz—. Mi familia necesitaba que trabajara desde chico, y no hubo forma de que las cuentas cerraran para otra cosa que no fuera sobrevivir, aunque siempre le agradezco a Dios por lo que sí tuve, que no fue poco.

Toda mi vida admiré, casi con una "envidia sana", a la gente que lograba sostener el estudio y el sacrificio al mismo tiempo, y por eso, cuando veo entrar a una estudiante con la cara que traes hoy, con esas ojeras que delatan que vienes de otro trabajo antes que de tu propia cama, no veo cansancio: veo a alguien que está haciendo, todos los días, exactamente lo que a mí nunca me dejaron hacer.

Luci lo miró de otra manera, sin saber muy bien qué contestar a algo tan grande.

—A veces siento que no voy a llegar, entre los dos trabajos, mi hija y la facultad, hay noches en las que ni siquiera puedo abrir un apunte antes de quedarme dormida.

—Y sin embargo estás acá, sentada en este banco, a las ocho y media de la mañana de tu primer día, y eso ya es una respuesta más grande que cualquier examen que vayas a rendir en toda tu carrera —le dijo él—.

Tu hija todavía no lo entiende, porque es chica, pero el día que te vea recibida va a entender algo que ningún cuento antes de dormir le puede enseñar: que los sueños se sostienen incluso en las condiciones más difíciles, si una decide no soltarlos por más que todo alrededor empuje para que los sueltes. Ese día, tú no vas a ser solamente una terapeuta ocupacional, vas a ser la prueba viva, para ella, de que se puede, serás un verdadero ejemplo, de mujer, de persona. 

Luci, conmovida y con ganas de devolverle algo de esa calidez que él le acababa de regalar sin conocerla de nada, se puso de pie y le dijo, casi sin pensarlo, con una sonrisa amplia:

—¡Feliz Día de la Primavera!

Algo cambió enseguida en la cara del anciano: bajó la mirada hacia sus propias manos apoyadas en el bastón, y sus ojos, que hasta hacía un segundo habían estado firmes y tranquilos, se le llenaron de lágrimas sin previo aviso.

Luci sintió que el estómago se le apretaba de golpe, entendiendo, sin que nadie tuviera que explicárselo, que acababa de meter la pata en algo que todavía no conocía.

—Perdón, yo no quise... —empezó a decir, pero él negó con la cabeza suavemente, pidiéndole sin palabras que no siguiera disculpándose.

—No tienes nada que perdonar —le dijo, con la voz un poco quebrada—. Es solo que
todos los 21 de septiembre, desde hace ya varios años, este día me trae siempre el mismo recuerdo: le regalaba flores a mi esposa cada primavera, desde que éramos novios, un ramo distinto cada vez, nunca el mismo. Ella falleció hace tiempo, y esta fecha, que para el resto del mundo es motivo de fiesta, para mí siempre va a ser también el día en que más la extraño.

A Luci se le agolparon las palabras en la garganta, con unas ganas urgentes de decir algo que arreglara ese momento, que lo hiciera sentir mejor, que llenara ese silencio tan incómodo que se había abierto de repente entre los dos, pero justo ahí, en medio de esa urgencia, le vinieron a la cabeza las palabras del profesor de aquella tarde en la biblioteca, aquello de que no todo silencio hay que salir corriendo a llenarlo, que a veces acompañar de verdad es simplemente quedarse, y se acordó también de lo que le había explicado sobre las neuronas espejo, la idea de que ese nudo que sentía en el pecho viendo llorar a un desconocido no era casualidad, sino su propio cuerpo reconociendo, aunque fuera la primera vez que lo sentía con él, una pérdida que de alguna manera también le resultaba propia.

En vez de decir cualquier cosa para tapar ese silencio, se volvió a sentar a su lado, sin agregar una palabra más, dejando que el momento fuera lo que tenía que ser, le tomó la mano. 

Él le agradeció con un gesto apenas, un pequeño movimiento de cabeza, y después de un rato de silencio compartido se secó los ojos con un pañuelo que le había dado Luci y hasta consiguió esbozar una sonrisa pequeña, la primera desde que había empezado a llorar.

—Gracias por quedarte callada —le dijo—. La mayoría de la gente, apenas me ve así, sale corriendo a decirme algo para consolarme, y sin darse cuenta termina apurándome a que deje de sentir lo que estoy sintiendo. Tú te quedaste, y eso, para alguien como yo, vale mucho más que cualquier palabra que hubieras podido encontrar. Algún día, cuando ya me conozcas un poco más, te voy a contar de dónde saqué las fuerzas para seguir adelante, pero hoy no es ese día.

La Terapeuta de la institución se asomó a la puerta del patio y llamó a Luci por su nombre, indicándole que ya podían empezar la orientación. Ella se levantó, todavía con las palabras del anciano resonándole por dentro, y antes de irse le preguntó lo único que en ese momento le pareció importante saber.

—¿Cómo se llama usted?

Él sonrió, esta vez con más ganas.

—Me llamo José, ve tranquila. Y cuando sientas que ya no te alcanzan las fuerzas para seguir estudiando, recuerda esto: no estudias solamente para saber, ni para aprobar. Estudias para poder servirnos mejor. Para ser, cuando haga falta, la voz de quienes ya no encontramos las palabras; para escuchar nuestras historias, comprenderlas y ayudarnos a seguir formando parte del mundo. Porque quizá eso sea lo más valioso que puedas ofrecernos, tu vocación de servicio, que no solamente lo que aprendes en los libros, sino también en lo que seas capaz de hacer con ese conocimiento cuando estés frente a una persona.

Luci entró al geriátrico esa mañana con el mismo cansancio con el que había salido de su casa. Sin embargo, algo había cambiado. No era que estuviera menos cansada ni que los problemas hubieran desaparecido. Era algo más pequeño y, al mismo tiempo, más profundo: llevaba consigo una certeza. Por primera vez en mucho tiempo, supo con claridad para qué estaba estudiando.

Todavía no podía ponerlo en palabras, tampoco sabía cuánto iba a cambiar su manera de mirar a las personas después de aquella conversación. Pero mientras atravesaba el pasillo del geriátrico, sintió que las palabras de José caminaban con ella.

Actividad de aplicación:

Ejercicio — La TO que quiero ser:
Antes de sentarte a estudiar, tómate un momento para visualizar y responder por escrito esta pregunta: ¿en qué tipo de terapeuta ocupacional quiero convertirme?
Y, a partir de esa imagen, otra pregunta todavía más importante: ¿cómo estudiaría hoy la TO que quiero llegar a ser?
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    Las crónicas de Luci

    ​En esta sección encontrarás historias de ficción protagonizadas por Luci, el profesor y un anciano.
    Cada historia parte de una vivencia y busca acercarnos, de manera sencilla y concreta, a principios, aprendizajes y estrategias que pueden ayudarnos a mejorar nuestras intervenciones y a seguir creciendo como profesionales.
    Estas historias también están inspiradas en los desafíos, preguntas y aprendizajes que acompañaron mi propio camino como estudiante. Volver sobre ellos me invita a pensar no solo en el docente que quiero llegar a ser,
    sino también en el anciano en quien quiero convertirme.

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