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GUILLERMO PEREYRA
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La ecpatía: el arte de salir del pozo

31/8/2026

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​“No podemos evitar que las aves de la tristeza vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí podemos evitar que hagan nido en nuestros cabellos.”
— Proverbio chino

​La biblioteca de la facultad tenía ese silencio particular que solo interrumpen las páginas al pasar. Luci llevaba un rato ahí, con un libro abierto que hacía tres cuartos de hora que no avanzaba de la misma página. Tenía la mirada perdida en algún punto entre las letras y el geriátrico.

El profesor la vio desde la entrada y se acercó despacio, para no sobresaltarla.

—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla vacía.
Luci asintió, casi aliviada de que alguien interrumpiera sus pensamientos.
—¿Cómo va la práctica? —le preguntó él, dejando su carpeta sobre la mesa.
—Bien... —dijo ella, y después se corrigió a sí misma—. En realidad, no sé si "bien" es la palabra.

El profesor esperó, sin apurar la respuesta.

—Profe, no puedo dejar de pensar en ellos. Llego a casa, le doy la cena a mi hija, la baño, la acuesto... y mientras tanto sigo ahí, en el geriátrico. Pienso en doña Ester, que me contó que hace tres años que ningún hijo la visita. Pienso en don Raúl, que todas las tardes me pregunta si ya llegó "la hora de irse a casa", aunque su casa ya no existe para él. Se me mezclan sus historias con las mías. Me acuesto y sigo ahí. Me despierto y sigo ahí.

Se le quebró un poco la voz.

—Yo quiero ser empática. Es lo que más me pidió usted, ¿no? Pero esto me está consumiendo. Siento que si sigo así, no voy a aguantar ni la mitad de la práctica.
El profesor la escuchó sin interrumpir, con esa clase de atención que no juzga.

—Luci, lo que me estás describiendo tiene nombre. Y no es que te falte fortaleza, ni que la empatía sea un error. Es que te falta la otra mitad de la habilidad.

—¿La otra mitad?

—Hay una palabra que casi nadie usa, pero que en nuestra profesión debería enseñarse el primer día: ecpatía.

Luci frunció el ceño, intentando ubicar el término en algún apunte de la cursada.

—No está en ningún libro de la facultad, tranquila —sonrió el profesor, adivinando su búsqueda—. Es un concepto que vengo masticando hace años, sobre todo desde que trabajé en geriatría. Si la empatía es la capacidad de entrar en el mundo del otro, de sentir lo que siente, de conmoverte con su historia... la ecpatía es la capacidad de salir. De volver a tu propio centro después de haber estado ahí.

—¿Salir cómo? Yo no elijo quedarme pensando en ellos. Se me queda pegado solo.

—Exactamente. Porque nadie te enseñó a salir. La empatía se entrena mucho, se habla mucho de ella. Pero la ecpatía casi nunca se menciona, y sin ella terminas cargando lo que no te corresponde. Y eso, con el tiempo, se confunde con vocación, con entrega, hasta con espiritualidad. "Soy una terapeuta comprometida, por eso sufro con mis pacientes." Pero no es así. Cargar lo del otro no te hace mejor profesional. Te vacía.

Luci bajó la mirada hacia el libro cerrado sobre la mesa.

—¿Pero por qué me pega tan fuerte a mí? A mis compañeras no parece afectarles tanto.

—Te voy a explicar algo que tiene que ver con cómo estamos hechos, no solo con tu carácter. ¿Escuchaste hablar de las neuronas espejo?

Luci negó con la cabeza.

—Son un grupo de neuronas que se activan tanto cuando hacemos una acción como cuando vemos a otra persona hacerla. Si yo levanto un vaso, se activan. Pero si te veo a ti levantando un vaso, en mi cerebro se activan las mismas neuronas, como si lo estuviera haciendo yo. Y eso no pasa solo con los movimientos: pasa también con el dolor, con la angustia, con la alegría. Cuando doña Ester te cuenta que nadie la visita, algo en tu cerebro resuena con ese dolor como si en parte fuera tuyo. Por eso la empatía no es solo una decisión moral, "voy a ser buena persona y me voy a poner en su lugar". Es algo que el cuerpo hace solo, de fábrica.

—¿Y eso qué tiene que ver con que a mí me afecte más que a mis compañeras?

—Ahí está lo interesante. Ese espejo interno resuena con más fuerza cuando tienes, adentro tuyo, un lugar que reconoce ese dolor. Si alguna vez sentiste soledad, o abandono, o miedo a que algo se te acabe, tu cerebro tiene "material" con el cual resonar cuando escuchas a alguien que atraviesa algo parecido. El problema no es que tengas ese material. El problema es no saber qué hacer con él.

—Entonces cuanto más conectada esté con mi propio dolor, ¿más me va a doler el de los demás?

—Al principio, sí, probablemente. Pero acá viene lo que quiero que te lleves de esta charla: para poder conectar de verdad con la vulnerabilidad del otro, primero tienes que haber hecho las paces con tu propia vulnerabilidad.

Si nunca te permitiste sentir tus propios miedos, tus propias pérdidas, tu propia fragilidad, tu empatía va a quedar en la superficie. Vas a decir las palabras correctas, vas a poner la cara correcta, pero por dentro no vas a estar tocando nada real. En cambio, si ya recorriste tu propio dolor, aunque haya sido doloroso, cuando te encuentres con el dolor ajeno no vas a entrar a un territorio desconocido: vas a reconocer algo que ya aprendiste a sostener. Y eso, paradójicamente, te permite acompañar sin quebrarte.

—O sea que no se trata de blindarme para no sentir.

—Al contrario. Se trata de lo opuesto a blindarte: de conocerte tan bien a ti misma, de haber trabajado tanto tu propia historia, que cuando el dolor del otro toque el tuyo, sepas exactamente qué hacer con esa resonancia. Ahí es donde se juntan las dos cosas que hablamos hoy: necesitas las neuronas espejo, esa capacidad de resonar con el otro, encendida y sin miedo. Y necesitas la ecpatía, saber volver a ti misma después. Una sin la otra no alcanza. Solo empatía sin ecpatía te quema. Solo ecpatía sin haber tocado tu propia vulnerabilidad te vuelve fría, distante, y las personas lo notan enseguida.

—Pero entonces... ¿si aprendo a salir, dejo de importarme lo que les pasa?

—Al contrario. La ecpatía no es frialdad ni desapego. Es lo que te permite doblarte sin romperte, como una palmera en medio de una tormenta. Es lo que hace posible que puedas acompañar a muchas personas, año tras año, sin perder la capacidad de estar presente en cada una. Sin ecpatía, te quemas rápido. Y una terapeuta quemada no le sirve a nadie: ni a doña Ester, ni a don Raúl, ni a tu hija, ni a ti misma.

Hizo una pausa y se acomodó en la silla.

—Te voy a contar algo que a mí me costó mucho aprender. Cuando yo trabajaba en un geriátrico, el trabajo no terminaba cuando salía por la puerta. Mi cuerpo llegaba a casa, pero mi cabeza se quedaba ahí adentro, con cada historia que había escuchado ese día. Y esa tensión no me dejaba estar realmente presente con mi esposa ni con mis hijas. Seguía en modo terapeuta cuando tenía que estar en modo esposo, en modo papá.

—¿Y qué hizo?

—Entendí que necesitaba algo concreto. Un gesto que marcara, para mi propio cuerpo y mi propia cabeza, el paso de un mundo al otro. Lo que algunos llaman un ritual de transición.

—¿Cómo qué?

—El mío era simple. Antes de entrar a mi casa, me quedaba parado un momento en la puerta. Miraba una foto de mi familia que llevaba en la billetera. Y hacía un gesto, así, medio tonto si me ves desde afuera: me sacaba el sombrero imaginario del terapeuta y me ponía el del esposo y el papá. No era magia, Luci. Era una decisión que mi cuerpo necesitaba ver actuada para poder creérsela.

Luci se quedó en silencio, imaginando la escena: aquel hombre, parado frente a su puerta, dejando atrás un día entero de historias ajenas antes de cruzar el umbral.

—Un ritual de transición no tiene que ser igual al mío —continuó el profesor—. Puede ser una caminata de diez minutos antes de entrar a tu casa. Un momento de oración. Un rato de silencio en el auto o el colectivo. Una llamada a alguien de confianza para poner en palabras lo que viviste. Lo que sea que te permita decir, con el cuerpo y no solo con la cabeza: "estuve ahí, me conmoví, y ahora salgo del pozo".

—Entonces no es que tenga que sentir menos.

—No. Es que tienes que aprender a soltar, a tiempo, lo que no es tuyo para cargar. Doña Ester tiene su historia, y tú puedes acompañarla con todo el corazón mientras estás con ella. Pero esa historia no tiene que dormir en tu cama ni bañarse con tu hija. Eso le pertenece a ella. Tú ya hiciste tu parte: estuviste presente, la escuchaste, la acompañaste. Ahora te toca volver a ti.
Luci sintió que algo se aflojaba en el pecho, como si por primera vez alguien le diera permiso para dejar de cargar sin sentirse culpable por eso.

—¿Y si me cuesta? ¿Si el ritual no me sale la primera vez?

—No te va a salir la primera vez. Es una habilidad, no un interruptor. Se entrena, como cualquier otra. Tú ya sabes entrar en el mundo del otro, eso te sale naturalmente. Ahora te toca aprender, con la misma dedicación, a salir.

El profesor se puso de pie, dispuesto a dejarla con sus pensamientos.

—Para la semana que viene quiero que pruebes algo: elige tu propio ritual de transición y úsalo, aunque te sientas rara haciéndolo. Y cuéntame qué pasó.
​
Luci abrió su libro otra vez. Esta vez, por primera vez en tres cuartos de hora, las palabras empezaron a tener sentido.

Actividad de aplicación

Ejercicio — Mi ritual de transición
Piensa en un ritual concreto que te permita cerrar, cada día, el mundo de tu práctica antes de volver al tuyo: una caminata, un momento de silencio, una frase que te repitas, un gesto simbólico. Escríbelo, pruébalo durante una semana y anota qué cambió.
¿Qué historias sientes que "te seguiste llevando a tu casa" en las últimas semanas? ¿Qué necesitas soltar, sin dejar de haber estado presente cuando importaba?
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    ​En esta sección encontrarás historias de ficción protagonizadas por Luci, el profesor y un anciano.
    Cada historia parte de una vivencia y busca acercarnos, de manera sencilla y concreta, a principios, aprendizajes y estrategias que pueden ayudarnos a mejorar nuestras intervenciones y a seguir creciendo como profesionales.
    Estas historias también están inspiradas en los desafíos, preguntas y aprendizajes que acompañaron mi propio camino como estudiante. Volver sobre ellos me invita a pensar no solo en el docente que quiero llegar a ser,
    sino también en el anciano en quien quiero convertirme.

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